
En la última década, la comunidad cristiana en Chile, ha enfrentado una ola de violencia sin precedentes. Desde 2013 hasta la fecha, un total de 296 templos y capillas han sido consumidos por las llamas en ataques intencionados, marcando lo que muchos ya denominan una «década de fuego y persecución». Aunque los ataques han afectado a diversas denominaciones, las iglesias evangélicas se han convertido en un blanco recurrente, especialmente en la Macrozona Sur del país.
La Región de La Araucanía se ha convertido en el epicentro de esta violencia, concentrando el 78% de los ataques. Esta zona, marcada por un profundo conflicto territorial entre el Estado, empresas forestales y comunidades mapuches, ha visto cómo los lugares de culto se transforman en cenizas bajo la acción de grupos radicalizados.
Estos grupos, en el contexto de sus demandas por tierras y autonomía, han señalado a la fe cristiana como un símbolo de la «colonización y opresión» de su pueblo, llegando a reivindicar los atentados a través de panfletos dejados entre los escombros.
Sin embargo, la violencia no se ha limitado al sur. Durante el estallido social de 2019 y 2020, la furia de las protestas contra la desigualdad también alcanzó a los templos en ciudades como Santiago, donde varias iglesias fueron vandalizadas e incendiadas como expresión de un descontento más amplio contra las estructuras de poder.
El Dolor y la Respuesta de la Comunidad Cristiana
Para la comunidad cristiana, cada ataque es un golpe directo al corazón de su fe. «Aunque compartimos las demandas del pueblo mapuche, la quema de templos afecta a la comunidad cristiana», expresó el pastor evangélico mapuche José Rubén Manquecoy, cuya capilla en Victoria fue incendiada en dos ocasiones, en 2019 y 2020. Su voz, como la de muchos otros líderes, refleja el dolor de ver su lugar de adoración destruido, pero también un llamado al diálogo y a la paz.
La respuesta de los líderes evangélicos ha sido contundente. Voces como la de Matías Sanhueza Fernández, Presidente del Consejo Regional de Pastores de La Araucanía, y Pablo Pinto, recién elegido presidente del Directorio Regional, han condenado unánimemente la violencia, calificándola de persecución religiosa. Han instado a las autoridades a proteger los lugares de culto y a garantizar la libertad religiosa en el país.
El gobierno chileno ha calificado algunos de estos hechos como actos terroristas, pero la violencia persiste. Incidentes como el ocurrido en Padre Las Casas en 2021, donde dos iglesias evangélicas fueron quemadas y los bomberos que acudieron a la emergencia recibieron disparos, demuestran la extrema hostilidad que enfrentan las comunidades de fe en la zona. De igual manera, la completa destrucción de la Iglesia Misión del Ejército Evangélico en Cañete ese mismo año es un doloroso recordatorio de la vulnerabilidad de los templos.
Un Llamado a la Oración y a la Paz
Organizaciones internacionales como Ayuda a la Iglesia que Sufre han condenado los ataques y han hecho un llamado al gobierno para que actúe con mayor firmeza. Mientras tanto, la comunidad evangélica en Chile se aferra a su fe. A pesar de la destrucción material y la amenaza constante, pastores y congregaciones continúan su labor, algunos incluso ofreciéndose como mediadores en un conflicto que los ha puesto en la línea de fuego.
La quema de iglesias en Chile es más que un acto de vandalismo; es un ataque a la libertad de culto y un síntoma de las profundas divisiones que atraviesan a la nación. La iglesia evangélica, en medio del dolor y las cenizas, levanta un clamor por la paz, la justicia y el fin de una década de persecución que ha dejado una herida abierta en el cuerpo de Cristo en Chile.
